AYUDAS PARA PASTORES Y LIDERES. HOY: Diálogo con la Palabra de Dios

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ABRAHAM Y EL MONTE MORIAH


Cuando escuché su inconfundible voz, no lo pude creer.

Me estaba pidiendo mi más amado y único tesoro.

Tanto tiempo esperado… ahora me lo pedía.

Justo ahora, que estaba hecho el contacto uno con el otro.

Ahora, que empezábamos a dialogar, a disfrutar de la mutua compañía…

Tuve que aprontar todo con diligencia, hacerlo cuanto antes.

Subí al monte con mi hijo en silencio, y cuanto más arriba llegaba,

más se me desgarraba el corazón.



Me lo iban a arrancar de mi vida, pero el cuchillo iba a ser el mío.

Después, un vacío, hasta quedarme en la espera del nuevo milagro.

Mientras caminaba hacia la cumbre,

una adoración silenciosa crecía en mi pecho.

De esas canciones que inventábamos durante el sacrificio,

la más hermosa.

Si después de todo, este amado era un don inmerecido…

¿quién era yo para retenerlo?

Sin embargo, no podía imaginar el futuro sin él.

Tanto sueño y promesa en su vida.



Hasta que empecé a obedecer, amarrarlo,

escuchar sus preguntas, preparar el cuchillo.

Una voz interior me decía que esta adoración iba a ser la mejor de todas.

Podía sentir, junto con el dolor interno, un perfume.

Una especie de nube me rodeaba con cantos lejanos de ángeles,

podía sostener mis manos con firmeza

y me aseguraba la paz de la obediencia.

Sin embargo, las lágrimas salían sin permiso.



Casi sin aliento, empecé mover el puñal para el movimiento final.

Hasta que volví a escuchar esa voz. Ahora, con un consuelo inesperado.

Una sorpresa, porque nunca Dios me había dicho una cosa y luego otra.

Algo quedó roto dentro de mí...



Aún tengo al amado a mi lado, pero es como si no lo tuviera.

Puedo sentir todavía el cuchillo entre mis manos.

El perfume no me abandonó desde entonces.

La canción sigue arrullándome cuando me voy a dormir.

Dios ha provisto.

Sin embargo,

aprendí a ensanchar mi corazón para amar desde el vacío,

desde quedarme sin nada para darlo todo.

Liliana Ester Long- Corrección: Lic. David Cassaretto

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IDA Y VUELTA CON EL SALMO 23

Jehová es mi pastor; nada me faltará.

Y es verdad, Señor. Mientras nos dejamos apacentar voluntariamente por ti, estamos llenos. Puede faltarnos todo, lo que creemos que es "todo". Pero si mansamente dejamos que nos apacientes, estaremos llenos. Y aunque "todo" se haya ido, tú llenas ese vacío y nada nos falta.

En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.

Sí, Señor. Nuestra alma está trabajada por tantos dolores en el andar de la vida. Producidos por el pecado de otros. Y por beber la copa de nuestro propio pecado y error. Pero una vez más nos dejamos apacentar por ti, amoroso pastor.

Y del extenso desierto y de la roca seca, en pleno dolor, aparecen aguas frescas.
Restauras nuestra alma, con esa vertiente en la tierra desolada.
Una vez más, abres agua en la dura roca, porque tú sabes hasta dónde nuestra sed puede resistir.

Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Sí Señor, por amor de ti mismo. Esas aguas frescas que nos das a estas ovejas sedientas, son aguas santas.
Como pastor amoroso y justo, no permites que nos refresquemos en las aguas sucias del pecado.

Aunque ande en valle de sobra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Porque con tu vara, mientras permanece la "sombra" de la muerte, corriges nuestro corazón para bien.
Y con tu cayado nos tienes sujetos, sostenidos, para que en ese valle oscuro donde nada entendemos, no desesperemos. En ese incierto lugar donde lo único seguro es que hay sufrimiento; allí, ese bendito cayado nos sostiene y nos impide caer en el abismo.

Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

Y mientras las angustias vienen sobre nosotros como lluvia, pones delante nuestros hermanos, cartas, oraciones, llamados telefónicos.
Así nos preparas tu "mesa". Con renuevos, con ánimos y fuerza que hasta nos arrancan una sonrisa en medio del dolor. Con ese aceite sanador que nos restaura en medio de la aflicción. Esa presencia viva de Dios que nos sella para que el enemigo no se huelgue, no se goce en tomar ventaja para llevarnos a la amargura.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
Y en la casa de Jehová moraré por largos días.

Si dejamos que el Pastor de pastores nos apaciente, cuando pasemos el valle veremos la misericordia. Veremos su bien.
Eternamente y para siempre: pulidos como el diamante, purificados como el oro.
Y viviremos con El, sin sombras ni incertidumbres, por la eternidad.


Liliana E. Long (Meditación Salmo 23). David Casaretto: Corrector.